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viernes, 26 de diciembre de 2008

Oriol Maspons

Un fotógrafo insólito
Hasta el 8 de febrero 2009

©®Oriol Maspons

La exposición Oriol Maspons: un fotógrafo insólito (Fotografías 1950-1970) consiste en una selección exclusiva de más de setenta fotografías en blanco y negro, mayoritariamente tirajes de época procedentes todos ellos del archivo personal del autor. Desde las barracas del Carmelo, las Hurdes y la Mancha hasta los momentos apoteósicos de la Gauche Divine barcelonesa, el hippismo de Ibiza y las niñas de sus particulares pin-ups, desnudas o vestidas por Paco Rabanne, las fotografías de Oriol Maspons no constituyen tan sólo una auténtica crónica del ambiente alternativo y contracultural de la Barcelona de los años sesenta y setenta, sino que son testimonios de una actitud, es decir, de lo que fue y de lo que sigue siendo Oriol Maspons: un creador insólito con la ingenuidad de un Woody Allen y la actitud provocativa pero a la vez amena de un Andy Warhol.

Nacido en 1928 en el seno de una familia burguesa, Oriol Maspons se decanta pronto por la cultura fotográfica, pero no es hasta bien entrados los años cincuenta, durante su estancia en París, adonde supuestamente se ha trasladado con el fin de realizar un stage de 18 meses para la compañía de seguros en la que trabaja, cuando decide lanzarse como fotógrafo freelance. París, con sus clubes de fotografía frecuentados por grandes maestros del género (Robert Doisneau, Brassai y Henri Cartier-Bresson) y jóvenes promesas (Guy Bourdin), representa una escuela para Maspons. Allí no sólo refina sus gustos con respecto a lo fotográfico, sino que también amplía sus horizontes, introduciéndose con afán en la vida nocturna de los clubes, el cine y las mujeres —su gran afición, que cultiva apasionadamente hasta nuestros días. No es de extrañar, pues, que cuando Maspons «aterriza» en la Barcelona de 1956 con aires de modernidad caiga literalmente como una bomba. Sus ideas mundanas, que rechazan de plano el academicismo y la fotografía costumbrista, revolucionan las aguas de la Agrupació Fotogràfica, de la que acabará siendo expulsado en 1958. Pero a Maspons no le cuesta encontrar nuevos caminos: realiza encargos comerciales y escribe ocasionalmente artículos de crítica para Gaceta Ilustrada, organiza exposiciones, colabora con Esther y Óscar Tusquets de la editorial Lumen en la colección «Palabra e Imagen», descubre a jóvenes talentos (entre ellos, Joan Colom), se afilia a AFAL y gana varios premios.

Quizá el evento más significativo de esta etapa sea el encuentro profesional de Oriol Maspons con Julio Ubiña, una colaboración que se inicia en 1956 y durará más de 14 años. El estudio Maspons+Ubiña realizará a lo largo de la década siguiente varios encargos de publicidad y moda, así como las portadas de la colección «Biblioteca Breve» de la editorial Seix Barral. Otros de sus trabajos seminales son el libro Toreo de salón, con texto de Camilo José Cela (1963), y extensos reportajes fotográficos, como Las Hurdes (1960) y La Mancha (1961). Porque, en contra de lo que se esperaría de un burgués, Maspons siente al estar detrás de la cámara una cierta atracción por documentar lo marginal. Las barracas de Somorrostro y personajes del mundo flamenco como La Chunga encuentran un lugar en su universo fotográfico. Asimismo, su mirada de fotoperiodista y su intuición natural para saber cuál es el momento de disparar le llevan a captar escenas que reflejan la apertura de una España rural, sometida al peso del franquismo, hacia la modernidad y los beneficios del turismo.

Sin embargo, Oriol Maspons es sobre todo un gran cronista del ambiente humano y cultural de Barcelona, Cadaqués y París. Ante su cámara desfilan personajes como Dalí y Gala, Marcel Duchamp, Antoni Tàpies, Gary Cooper, Audrey Hepburn y Elsa Peretti, entre muchos otros. En los años sesenta y setenta, Maspons dará rienda suelta a sus pasiones personales. Formará parte de la Gauche Divine, la vanguardia barcelonesa, y frecuentará el Boccaccio, el club de moda de la época, junto con otros artistas e intelectuales. Más provocativo que nunca, registrará con su cámara desde el primer momento las fiestas y los avatares del movimiento hippy en Ibiza, y comenzará a realizar su colección particular de pin-ups, así como trabajos de publicidad espontáneos y atrevidos en los que jugará con el humor, la inocencia y la sexualidad.

Oriol Maspons ocupa un lugar excepcional en la historia de la fotografía española. Desafiando cualquier categorización, pues detesta que le llamen «artista», Maspons supo reírse y burlarse de la fotografía décadas antes de que el discurso posmodernista invadiera el arte. Al contemplar sus fotografías, uno debe tener en cuenta que no sólo se trata de un fotógrafo en el sentido convencional de la palabra, sino más bien de un grand connaisseur de la capacidad de transmitir contenido que tiene una imagen. Pero, ante todo, Oriol Maspons es un hombre que siempre ha tenido las ideas claras, aunque aparentemente nunca se haya planteado cuestiones ideológicas y políticas en su trabajo. Así pues, no es de extrañar que un día se le ocurriera, junto a su socio Julio Ubiña, felicitar a sus amigos y clientes con unas postales navideñas en las que el dúo aparecía con poses cómicas y ambiguas. En esta serie, los denominados Christmas de Maspons, está más presente que nunca el carácter expansivo e innovador del lenguaje visual que establece el autor, un lenguaje que lleva el género del autorretrato a un nivel de reflexión inesperado para la época, desprovisto de cualquier miedo a la ridiculización y a lo burlesco.

Las fotografías de Oriol Maspons forman parte del fondo de varias colecciones públicas y privadas: el MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya), la Fundación Foto Colectania (Barcelona), el MoMA (Museum of Modern Art, Nueva York) y la Bibliothèque Nationale de París.
Galeria Kowasa - Mallorca, 235 - Barcelona

www.kowasa.com

miércoles, 29 de octubre de 2008

Jaroslav Rössler, Eugen Wiskovský y Jaromír Funke

RÖSSLER - WISKOVSKY - FUNKE Tres maestos de Vanguardia Checa
Hasta el 22 de Noviembre de 2008



KOWASA gallery abre la temporada del 2008-2009 con una exposición que rinde homenaje a Jaroslav Rössler, Eugen Wiskovský y Jaromír Funke, tres de las figuras más destacadas de la Vanguardia Checa (1920-1960). Cuatro portafolios editados por Prague House of Photography ofrecen una recopilación de las fotografías más representativas de los tres autores.

No fue hasta bien entrados los años sesenta cuando Jaroslav Rössler (1902-1990) fue rescatado
del olvido al ser reconocida su sorprendentemente temprana aportación tanto en la historia de la fotografía checa como en el panorama de la vanguardia internacional. Cuarenta años atrás, en los años 20, Rössler había sido el primer fotógrafo en contacto con la modernidad checa y, por extensión, una figura clave en la historia de la fotografía internacional, un pionero de la abstracción a la altura de Man Ray, László Moholy-Nagy, Alfred Langdon Coburn y Christian Schad.

Dotado de naturaleza introvertida, Rössler encontró su equilibrio expresivo entre los juegos de
una imaginación compulsiva con una racionalidad a la hora de construir su universo visual. Discípulo en el estudio de Frantisek Drtikol desde ya la temprana edad de los catorce años, donde se quedó hasta el 1925, Rössler pronto llegó a liberar la imagen de su fijación al modelo. Su afán por la experimentación estuvo en sinergía con los ideales del Poetismo, el movimiento anti-académico más progresista de la época. Algo que queda más que patente en la estética cubo-futurista de sus primeras composiciones (1922) con las que el artista a sus veinte anos anticipó los logros del Constructivismo y de la Nueva Objetividad.

Rössler destaca por sus montajes y sus concepciones. En sus composiciones dinámicas investigó
las posibilidades de interacción entre el fotomontaje, el collage, el fotograma y los medios gráficos. Rössler liberó la tipografía del mensaje verbal anticipando el Letrismo, jugó con la luz y la sobra proyectada, experimentó con las transparencias, la solarización, los reflejos de los espejos, las sobreexposiciones y los ángulos inusuales. A sus manos, objetos tan comunes como una jarra o una radio adquirieron dimensiones plásticas inesperadas, al alcance de un minimalismo ensoñador que revela las posibilidades puristas de la abstracción fotográfica.

Igual que en el caso de creadores como Man Ray o Lázsló Moholy-Nagy, el constructivismo
poético de Jaroslav Rössler no se quedó encasillado en su práctica artistica sino impregnó también su actividad comercial en la publicidad, el retrato y el teatro. Las últimas décadas de su vida creativa (1950-1960) se caracterizan por un espíritu de experimentación libre e intransigente que roza la sofisticación postmoderna: Rössler no dudó en reinventar a si mismo, reciclando sus antiguos negativos, de combinar y de sobreponer la imagen realista con la imagen abstracta.

Coetáneo de Rössler, Jaromír Funke (1896-1945) fue no sólo uno de los fotógrafos de la
vanguardia checa más importantes en la década de los 20 y los 30, sino también un destacado teórico, editor, profesor de fotografía y co-fundador de la Sociedad Fotográfica de Praga. A finales de los años 10, Funke dio sus primeros pasos como amateur en la pequeña ciudad de Kolin nad Labem cerca de Praga, pero no tardó en realizar la transición del Pictorialismo a una aproximación abstracta de lo más radical.

A través de sus escritos y sus fotografías, Funke aportó su propia visión de la fotografía moderna,
una tesis intelectual sólida en acorde con la doctrina del Fotogenismo, que desafiaba las técnicas y modas de la época como el fotograma o el fotomontaje, basadas en la manipulación o, incluso, la eliminación del dispositivo fotográfico. Feroz defensor de la “fotografía directa”, Funke apostó por la creación de la ilusión y la magia por la cámara, mediante los juegos de la luz y los objetos, a falta de cualquier manipulación. La serie “Time Persists”, que el autor creó inspirado en la fotografía documental de Atget tal como aparecía introducida en el discurso surrealista, incluye algunos de los mejores ejemplos de la teoría de la Fotogenia. Imágenes como “El Ojo” (1929) ponen en manifiesto que esta visión mágica y directa de la realidad es posible sin la mediación de trucos como el fotomontaje.

Las composiciones de Jaromír Funke improvisan con los medios más sencillos, pero sobre todo juegan con las sobras. La sobra proyectada con Funke llegó a su límite extremo, plasmada como una forma fantásmica que expresa la poesía y el lirismo inherente en el arte checo. El artista resumió su postura en 1940 dentro de su texto “Del Fotograma a la Emoción”: “El inicio y el objetivo es la emoción”, escribió, “se trata de una emoción en cierto sentido, algo como un sueño generado por la fantasía humana para ser concebido siempre dentro de una realidad fotográfica.”

La obra de Eugen Wiskovský (1888-1964) no es extensa ni en volumen ni en temáticas pero sí
que lo es en originalidad, elaboración meticulosa y profundidad conceptual. Aunque la fotografía fue durante la mayor parte de su vida solo una afición que compaginaba con su trabajo como maestro en un colegio, traductor de libros y ya –entrados ya los años 40- editor en una revista de fotografía con Josef Ehm, en retrospectiva Wiskovský es uno de los representantes más singulares de la modernidad checa. Empezó a fotografiar cuando tenía 15 años pero sólo en los años veinte su práctica artística llegó a cristalizarse gracias a su amigo Jaromír Funke en Kolin nad Labem quien le familiarizó con la Nueva Objetividad y el Constructivismo.

La inventiva y la improvisación con objetos y texturas son los rasgos principales de un cuerpo de
trabajo fotográfico guiado por la fe que “lo menos común el contenido, menos común tiene que ser la representación”. Wiskovský defendía una fotografía alejada de las artes visuales y sus modelos de representación. En los años 40, su interés por el paisaje le llevó a fotografiar los alrededores de Praga, igual que sucedería con Josef Sudek unos años más tarde. En estas series, paisajes simbólicamente cargados, sacados de la esfera del imaginario, expresan el ideal de Wiskovský: “Incluso en una fotografía de paisaje es posible un proceso capaz de dar alma a la masa muerta, una idea conductora que devuelve la vida a la imagen”.

Galeria Kowasa, Mallorca, 235 - Barcelona